Yoshiko Kohari vivió en Carlos Paz hasta su muerte hace algunos años. Su testimonio es hoy un símbolo para los que la conocieron ante la decisión de la academia sueca de otorgarle el Premio Nobel de la Paz a una asociación que reunía a víctimas de las bombas atómicas arrojadas por Estados Unidos en Japón.

El Nobel de la Paz fue para una asociación de sobrevivientes de las bombas atómicas en Japón

Su testimonio quedó plasmado en una entrevista que publicó La Voz en 2010, cuando tenía 93 años:

Yoshiko Kohari llora frente al pequeño altar dedicado al buda Gohonzon que está ubicado contra una pared de su habitación en su casa de Villa Carlos Paz. La escena puede durar una o dos horas y se repite todos los años, el 6 de agosto. Yoshiko es una de las 12 sobrevivientes de la bomba de Hiroshima que viven en Argentina.Con 93 años recuerda con lucidez aquella mañana horrenda en la que el cielo se cubrió de negro presagiando la muerte de casi toda su familia.

Pasaron 65 años de una de las peores masacres de la humanidad y aún hoy esta mujer de baja estatura se emociona cuando recuerda a su sobrina de 24 años que salió de la casa a trabajar y murió aquella mañana, y a su tío que con quemaduras en la mitad de su cuerpo.

El marido de Yoshiko, como casi todos los hombres jóvenes, había partido a la guerra y la mujer tuvo que hacerse cargo del cuidado de sus cinco hijos. La familia vivía en los alrededores de Hiroshima y aquella mañana Yoshiko, que entonces tenía 25 años, había planificado ir al médico para que le revisaran una pierna que le dolía desde hacía tiempo.

“A las cinco de la mañana escuchamos por la radio que nos avisaban que venían aviones norteamericanos”, cuenta la mujer. “Al amanecer llegó a casa el hermano de mi marido a traernos verdura y a eso de las ocho escuchamos una gran explosión”, agrega.

Instruidos por el gobierno japonés, la familia se arrojó al piso tapándose las orejas y los ojos. “El cielo se oscureció y cuando pasó la onda expansiva pudimos ver el hongo que se formó sobre la ciudad. Fue algo horrible”, se explaya.

Yoshiko cuenta que rompió en llanto al pensar en toda su familia que vivía en el centro de la ciudad. “Los hermanos de mi madre tenían comercios en la ciudad, todos ellos murieron”, afirma.

A las pocas horas las sirenas de los bomberos llegaron hasta el caserío en el que vivía y se empezaron a escuchar los altavoces que solicitaban la ayuda de los vecinos para atender a los heridos. “A las 14 llegó un camión lleno de gente herida que lloraba y pedía ayuda”, recuerda Yoshiko, y no puede evitar volver a llorar.

“Al rato vimos llegar a un hombre con el cuerpo quemado, las ropas rotas, y un niño recién nacido en los brazos. Le preguntamos dónde estaba la madre y el hombre, aturdido, nos dijo que no sabía”, cuenta la mujer, quien desde ese día trabajó durante dos meses como enfermera en hospitales y escuelas de la zona. “Esa tarde, en el hospital, me tocó cuidar a un niño de cinco años que me pedía agua. Cuando le iba a dar, un bombero me dijo que no lo hiciera, que le iba a hacer daño. Esa noche murió”, relata.

Las imágenes caen de la memoria intacta de esta señora japonesa que vive desde hace 13 años en Carlos Paz y que quiso venir a la Argentina para olvidar la tragedia. “En el hospital me dieron un número, el 5, el mismo que tenía la persona a la que tenía que cuidar. Cuando la encontré era una mujer a la que habían puesto boca abajo. Tenía toda la espalda quemada. La piel era dura, como madera. Y debajo de ella había gusanos”.

El relato sigue y cada vez es más duro para Yoshiko, que recuerda a su tío, que no quería que ella lo viera así, con el cuerpo quemado y el rostro desfigurado. Viajó a la Argentina cumpliendo aquel pedido y nunca más volvió a verlo.

“No puedo contar cuántos familiares murieron ese día. Tengo bronca. No se va con el tiempo y es una bronca asquerosa. No entiendo cómo pudieron matar a tanta gente inocente, a tantas criaturas”, afirma.